Asombran las reacciones de la clase política ante el efecto mediático provocado por el asesinato del joven secuestrado, Fernando Martí. El Primer Mandatario, de vote pronto, responde a la petición de la organización, México Unido contra la Delincuencia, aceptando una reunión con el Jefe de Gobierno del DF y, de paso, lanza la propuesta para imponer cadena perpetua a los secuestradores; Marcelo Ebrard, por su parte, agobiado por los últimos acontencimientos, hizo una contrapropuesta para cambiarle el nombre a la más corrupta de las policías, la judicial. Tras el anuncio, los judas y las madrinas serán rebautizados como la moderna Policía Investigadora, sólo en tierra chilanga. En San Lázaro y Xicoténcatl también aprovecharon el tren de los oportunistas. En las Cámaras rápidamente resucitaron iniciativas y puntos de acuerdo para reglamentar el trabajo de los negociadores privados en la intervención de éstos en la “solución” de secuestros. El Poder Judicial, no podía quedarse atrás - así lo recomendian los asesores de imagen -en voz de sus entronados magistrados de la Suprema Corte de Justicia, pronunciaron las condolencias acostumbradas y expresaron su indignación por el clima de inseguridad. Como colofón de este ejercicio de expiación de culpas el flamante Secretario de Seguridad Pública, Manuel Mondragón y Kalb, muy uniformadito pronunció con relativa humildad que los cuerpos de seguridad pública a nivel nacional –no sólo los defepolicias - transitan por la peor crisis de su historia reciente.
En contra parte, desde la arena ciudadana los representantes sociales, incluído el propio Alejandro Martí, padre del joven Fernando, claman por el cumplimiento de las penas y el combate a la impunidad. Sólo esto. Sin afanes de estigmatizar la ideología o las creencias católicas de empresarios e iconos del conservadurismo, los agraviados se oponen rotundamente a la pena de muerte y a la cadena perpetua para sus victimarios. La cruzada distractora de Calderón, tratando de imponer su tesis de cadena perpetua a secuestradores, busca alejar los severos cuestionamientos de la prensa y sociedad, a casi ocho años de gobiernos panistas a nivel federal en los que han entregado escasos resultados en materia de seguridad nacional. El Estado Mexicano enfrenta, hoy más que nunca, el desafío de entregar respuestas inmediatas, claras y efectivas que permitan a corto plazo un mejor clima de seguridad. Efectivamente el reto es atender sin mezquindad un problema de proporciones nacionales, por ello aunque la Ciudad de México no es el epicentro del mal, sí lo es como el territorio que centraliza todos los poderes, lo que en teoría obliga a ser ejemplo de mayor seguridad. Desafortunadamente la realidad es otra: en la capital del país se padecen a los policías-secuestradores; en esta, la capital de México, se inventaron los secuestros express; desde las cárceles de la metrópoli se extorsiona a los que están afuera. Los que aquí vivimos o transitamos en la otrora Ciudad de los Palacios encomendamos la vida a nuestro santo preferido o más milagroso, aunque éste sea la mismísima Santa Muerte. En Culiacán, Ciudad Juárez, Nuevo Laredo o Hermosillo las cosas son peores. Se vive con miedo: los levantados y los ejecutados son cosa de todos los días. Los narco-corridos, ante la cureldad de los contecimientos, parecen canciones inocentes de Cri-Cri.
Luego de meditar reacciones arrebatadas los actores –Presidente de la República y el gabinete de seguridad, gobernadores, Jefe de Gobierno, las Procuradurías, organizaciones de la sociedad civil y los que agreguen- deberán despojarse de los ropajes y las ideologías partidistas para colocarse a la altura de los acontecimientos. Si la función básica del estado es garantizar la seguridad, todas las representaciones de esa parte del estado, llamada gobierno, han fallado.
De la reunión convocada por el Ejecutivo Federal para este jueves 21 de agosto, la del Consejo de Seguridad en Palacio Nacional, deberán generarse acciones coordinadas sin obstáculos burocráticos para implementar programas con altos grados de eficiencia en todo el país. Será un error gravísimo que dicho evento sólo responda a las presiones de ocasión, que todo resulte un montaje mediático para atestiguar la foto “periodística” de Calderón y Ebrard. Por el bien de todos, la participación de todas las instancias del poder público dispuestos a acallar el vertiginoso ascenso de neopoder criminal deberá ser el punto de acuerdo fundamental en la agenda del jueves por la tarde. Por el bien de todos que los políticos y gobernantes participantes aporten y eviten el circo mediático. Las derechas, izquierdas y centros pueden tomarse la tarde, esta vez, esperemos, los representantes y funcionarios van a trabajar y dar resultados. Nuestros mejores deseos por el éxito de este Consejo de Seguridad.
Comentarios: marioortizm@hotmail.com
En contra parte, desde la arena ciudadana los representantes sociales, incluído el propio Alejandro Martí, padre del joven Fernando, claman por el cumplimiento de las penas y el combate a la impunidad. Sólo esto. Sin afanes de estigmatizar la ideología o las creencias católicas de empresarios e iconos del conservadurismo, los agraviados se oponen rotundamente a la pena de muerte y a la cadena perpetua para sus victimarios. La cruzada distractora de Calderón, tratando de imponer su tesis de cadena perpetua a secuestradores, busca alejar los severos cuestionamientos de la prensa y sociedad, a casi ocho años de gobiernos panistas a nivel federal en los que han entregado escasos resultados en materia de seguridad nacional. El Estado Mexicano enfrenta, hoy más que nunca, el desafío de entregar respuestas inmediatas, claras y efectivas que permitan a corto plazo un mejor clima de seguridad. Efectivamente el reto es atender sin mezquindad un problema de proporciones nacionales, por ello aunque la Ciudad de México no es el epicentro del mal, sí lo es como el territorio que centraliza todos los poderes, lo que en teoría obliga a ser ejemplo de mayor seguridad. Desafortunadamente la realidad es otra: en la capital del país se padecen a los policías-secuestradores; en esta, la capital de México, se inventaron los secuestros express; desde las cárceles de la metrópoli se extorsiona a los que están afuera. Los que aquí vivimos o transitamos en la otrora Ciudad de los Palacios encomendamos la vida a nuestro santo preferido o más milagroso, aunque éste sea la mismísima Santa Muerte. En Culiacán, Ciudad Juárez, Nuevo Laredo o Hermosillo las cosas son peores. Se vive con miedo: los levantados y los ejecutados son cosa de todos los días. Los narco-corridos, ante la cureldad de los contecimientos, parecen canciones inocentes de Cri-Cri.
Luego de meditar reacciones arrebatadas los actores –Presidente de la República y el gabinete de seguridad, gobernadores, Jefe de Gobierno, las Procuradurías, organizaciones de la sociedad civil y los que agreguen- deberán despojarse de los ropajes y las ideologías partidistas para colocarse a la altura de los acontecimientos. Si la función básica del estado es garantizar la seguridad, todas las representaciones de esa parte del estado, llamada gobierno, han fallado.
De la reunión convocada por el Ejecutivo Federal para este jueves 21 de agosto, la del Consejo de Seguridad en Palacio Nacional, deberán generarse acciones coordinadas sin obstáculos burocráticos para implementar programas con altos grados de eficiencia en todo el país. Será un error gravísimo que dicho evento sólo responda a las presiones de ocasión, que todo resulte un montaje mediático para atestiguar la foto “periodística” de Calderón y Ebrard. Por el bien de todos, la participación de todas las instancias del poder público dispuestos a acallar el vertiginoso ascenso de neopoder criminal deberá ser el punto de acuerdo fundamental en la agenda del jueves por la tarde. Por el bien de todos que los políticos y gobernantes participantes aporten y eviten el circo mediático. Las derechas, izquierdas y centros pueden tomarse la tarde, esta vez, esperemos, los representantes y funcionarios van a trabajar y dar resultados. Nuestros mejores deseos por el éxito de este Consejo de Seguridad.
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